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martes, 18 de febrero de 2014

CRISTIANAS Y MUSULMANAS EN LA ESPAÑA MEDIEVAL (i)

Introducción
   
Antes de entrar en materia es necesario realizar algunas consideraciones. En primer lugar hay que destacar lo que hasta ahora ha venido siendo norma general de la historiografía medieval española: los mundos hispanocristiano e hispanomusulmán se han estudiado por separado. Esto ha dado lugar, a mi entender, a que no se tenga establecida una realidad global sobre la Edad Media hispana. 

            Nunca podremos llegar a comprender lo que somos en la actualidad sino partimos de la base de que nuestros orígenes son una amalgama de distintas realidades: la cristiana, la musulmana, y habría que añadir la judaica. La existencia de dos culturas dominantes, con sus diferencias, pero también con sus mutuos préstamos, fueron la causa de una realidad social original, especial si la ponemos en relación con otras sociedades medievales. Insisto en que no somos herederos de una Hispania cristiana solamente, sino que somos el resultado de un pasado mixto, conformador de una Edad Media hispana de la que habría ir eliminando el calificativo de cristiana o musulmana.

            Ambos mundos no fueron tan distintos como puede llegar a pensarse, eran más los puntos de coincidencia que los diferenciadores, sobre todo con el transcurrir del tiempo, cuando los traspasos e inter-influencias, de una y otra cultura, se sustentaron más sólidamente.

            Si hay pocos estudios comparativos entre las sociedades cristiana y musulmana; aún más escasos son los realizados sobre la situación de la mujer. De hecho, que yo conozca el único estudio comparativo, anterior al que yo mismo realicé en 2006[1], lo realizó Claudio Sánchez Albornoz.[2] La poca viabilidad actual de los planteamientos y conclusiones a las que llegó el insigne historiador que, bajo mi punto de vista, falseó y tergiversó la realidad histórica para hacer prevalecer sus particulares ideas -muy influidas por su profundo catolicismo y acervado españolismo-, hacen que sea necesario retomar estos estudios comparativos con el fin de obtener una imagen más cercana a la realidad de la mujer hispanomedieval.

            El estudio de la situación de la mujer en la Edad Media se complica por la poca presencia que tiene el sexo femenino en las fuentes – recordemos que la Historia generalmente ha sido escrita por hombres y para hombres-, y los no demasiados estudios que existen al respecto, aunque en los últimos tiempos esta situación este mejorando.

La visión de la mujer

            No cabe duda que la visión sobre las mujeres que tenían los mundos cristianos e islámicos, se veía fuertemente influenciada por la tradición judaica y el pensamiento griego. La idea de que la mujer es un ser inferior se establece desde los orígenes de la religión judaica. Este pensamiento discriminador se trasladaría posteriormente a los dos credos religiosos que provienen de ella: el cristianismo y el islamismo. La Biblia ya marca como, desde los orígenes de la humanidad, la mujer es culpable de todos los males. Eva es la que incita a pecar a Adán, es por tanto la primigenia culpable de la expulsión de ambos del Paraíso. También la muestra como un ser inferior, ya que no fue creada de la nada como el hombre, sino a través de una costilla de Adán, lo que viene a representar la sumisión de la mujer con respecto al varón desde el mismo momento de su creación. No se queda aquí la imagen que nos ofrece sobre la mujer el Antiguo Testamento, ésta es considerada un ser maligno.

            « He hallado que la mujer es más amarga que la muerte porque ella es como una red, su corazón como un lazo, y sus brazos como cadenas: el que agrada a Dios se libra de ella, más el pecador cae en su trampa… Un hombre hallé entre mil: más una mujer entre todas ellas jamás he encontrado.»[3]

            « No tomes asiento con las mujeres… la malicia del hombre vale más que la bondad de la mujer.»[4]

Mujer tentada por el diablo. Cantigas de Alfonso X

            Otros elementos que permanecerán vigentes en época medieval provienen de tradiciones judaicas: prohibición de que las mujeres participen en las comidas junto a los hombres, recomendación al hombre para que no dirija a una mujer sino en casos de extrema necesidad, etc. En esta tradición la mujer aparece como objeto sumiso; ella no tiene derecho a tener ningún tipo de autonomía, es un ser inferior, y por tanto, debe quedar relegada a un segundo plano.

            Las ideas de los pensadores griegos y romanos también inciden en esta visión de la mujer como ser inferior. Según ellos esta condición de inferioridad de las mujeres las imposibilita para determinadas funciones, sus limitaciones las excluían, por ejemplo, de la vida política, e incluso de muchos aspectos de la vida pública.[5]

            Otras imágenes de la Antigüedad sobreviven en el Medievo, por ejemplo la idea de que la mujer es un ser maligno, como argumentaba Plinio, llegando a comparar la mirada de la mujer menstruante con la del Basilisco; o Galeno -uno de los médicos más influyentes en el mundo medieval-, que definía a la mujer como un ser imperfecto, basándose en que la hembra es más fría que el varón.

            Los últimos referentes para conformar la idea que sobre la mujer prevalecerá en la Edad Media son el Nuevo Testamento y el Corán. Ambos libros no sólo marcarán los principios del cristianismo y del islamismo, sino que serán básicos a la hora de conformar la estructura social de ambas culturas.

            Ambos texto ofrecen una visión más positiva de la mujer si les comparamos con el Antiguo Testamento – texto, a mí entender, misógino por excelencia- o las tradiciones preislámicas de los pueblos árabes. Jesús de Nazaret trató en un plano de igualdad a hombres y mujeres, a ambos los acogió como seguidores y con ambos compartía su vivencias como apunta M. Fraijó: «la actitud de Jesús (frente a las mujeres) merece ser calificada de innovadora, tal vez incluso de revolucionaria.»[6]

            Por su parte el Corán, tiende a crear un estatus de igualdad entre hombres y mujeres, ambos son iguales ante Allah:

            « Los musulmanes, las musulmanas, los creyentes, las creyentes, los que oran, las que oran, los verídicos, las verídicas, los constantes, las constantes, los humildes, las humildes, los limosneros, las limosneras, los que ayunan, las que ayunan, los recatados, las recatadas, los que recuerdan a Alá y las que recuerdan a Alá, a todos estos Alá les ha preparado un perdón, una enorme recompensa.»[7]

            Tampoco el Corán considera a Eva como la protagonista del pecado original, sino que hace responsables tanto a Adán como a Eva. Ambos son culpables de haber caído en la tentación, es más, en una azora, aparece Adán como culpable:

            « Pero el demonio le tentó ¡Adán! Te guiaré al árbol de la eternidad y del señorío que no envejece.
            Ambos comieron de él. Aparecieron sus vergüenzas y empezaron a cubrirlas con hojas de los árboles del Paraíso.
            Adán desobedeció a su Señor y se extrañó.»[8]

            Podrían ofrecerse otros muchos ejemplos de cómo el mensaje ofrecido por Jesús de Nazaret y Muhammad iba encaminado hacia la igualdad entre sexos. De la misma manera que la imagen que ofrecen de la mujer elimina algunos de los aspectos que dictan la Biblia y la tradición judaica.

            De haberse continuado en la línea trazada por los creadores de las dos grandes religiones monoteístas, es posible que la situación de la mujer, en concreto en el medievo, hubiera cambiado sustancialmente. Pero ocurrió todo lo contrario. M. Fraijó probablemente da con el quid de la cuestión: para él –idea que comparto- no son los principios que generaron ambos credos religiosos los culpables de la negativa imagen de la  mujer. Fueron sus supuestos seguidores los que, sin tener ningún escrúpulo a la hora de tergiversar el mensaje original, crearon los principios que marcarían la existencia de la mujer en el medievo y que, desgraciadamente, aún persiste en algunas sociedades:

            « […] no hay nadie más indefenso que un fundador de religiones muerto. Su legado cae automáticamente en manos de los hombres de la “segunda hora”, atentos siempre a domesticar, consolidar e institucionalizar. Ajenos al vigor carismático de los orígenes, estos hombres suelen carecer de escrúpulos a la hora de “retocar” el mensaje originario.»[9]

            No cabe duda que estos hombres: padres de la Iglesia, transmisores de hadices, etc., fueron los que propagaron la idea de la mujer como un ser inferior, maligno y culpable de todos los males acaecidos y por acontecer. Veamos algunos ejemplos del pensamiento de estos hombres, que fue el mejor aliado del patriarcado para mantener la total subordinación de la mujer al hombre.

            Algunos de estos pensadores cristianos: San Pablo, San Agustín, Graciano, Tertuliano, etc., defienden que la mujer, como ser inferior, debe quedar apartada de cualquier estamento que tenga poder sobre la organización social, política, jurídica o cultural.
           
            Según Agustín de Hipona la armonía deseada por Dios, en cuanto a relaciones humanas, es sólo posible si la mujer se subordina, en cualquier aspecto al hombre. Para San Epifanio: «La mujer es una criatura del demonio de la cabeza a los pies, el hombre, por el contrario, sólo la mitad, de la cintura hacia arriba es una criatura de Dios.»

            Muy explícito respecto al papel que debe desempeñar la mujer en la sociedad, y con relación al varón, es San Pablo:

            « […] las mujeres callaren en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra; antes bien; estén sumisas como también la ley dice. Si quieren entender algo, preguntando a sus propios maridos en casa. Pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea.»[10]

            «La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. Mo permito que la mujer enseñe ni domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer, que, seducida, incurrió en la trasgresión.»[11]

            Si en el cristianismo se produce la tergiversación de algunos textos sagrados, otro tanto ocurrirá en el mundo islámico. Son abundantes los hadices con tinte misógino, algunos en clara contraposición con los principios coránicos, e incluso, con otros hadices con más visos de ser auténticos, por ejemplo los transmitidos por Aixa, la última, y más querida, esposa del Profeta.

            Un buen ejemplo de estas interpretaciones maniqueas es Abu Bakra, coetáneo de Muhammad. Según él, Muhammad dijo que el perro, el burro y la mujer interrumpen la oración si pasan por delante del creyente interponiéndose entre éste y la alquibla. Éste hadiz, como otro que dice que existen tres cosas que traen mala suerte: la casa, la mujer y el caballo; fueron desmentidos por Aixa, cuando ésta fue consultada sobre ellos. Otro transmisor de hadices falsos fue Abu Huraira, de quién Aixa dijo que contaba hadices que nunca había escuchado.

            Como ejemplo doloso de esta falsa interpretación del Corán está la cuestión de la ablación –que desgraciadamente se sigue realizando en ambientes integristas-. La ablación era una costumbre de los pueblos árabes en os tiempos de la yahiliyya (tiempo de la ignorancia)
Es por tanto un uso cultural y no un precepto religioso; el islam prohíbe taxativamente la realización de la ablación del clítoris, como cualquier otra vejación del cuerpo.
            Cabría preguntarse por qué se cometieron estas manipulaciones. La respuesta parece clara. Es un intento por parte de los hombres de imponerse en la interpretación y  trasmisión de las enseñanzas sagradas, con el fin de mantener incólume el patriarcado más reaccionario. A su vez era la única manera de controlar un mundo que se sustenta en principios religiosos.

            Esta relación entre religión y poder provocó que, cada vez en mayor medida, las tendencias misóginas de teólogos cristianos y alfaquíes musulmanes sean las que se impongan. Ya en pleno medievo será el elemento clerical el que establecerá la imagen de la mujer. Los estamentos religiosos trataron a la mujer como un ser inferior, débil por naturaleza, achacándole una serie de defectos –curiosamente compartidos por ambas religiones- que justificarán su relegación en el ámbito social, y la imposibilidad de ejercer cualquier tipo de responsabilidad social, política o religiosa.

            Algunos de los “defectos” que tanto cristianos como musulmanes estiman son intrínsecos a la mujer son la avaricia, la envidia, la incontinencia verbal o la insaciabilidad sexual. Las manifestaciones de pensadores como Alfonso Martínez de Toledo, fray Martín de Córdoba, Stº Tomás de Aquino, Ibn Habib, Ibn Hazm, o al-Gazali, van en este sentido.

            Pocas fueron las voces que se alzaron contra esta discriminación, o las que criticaron el papel secundario al que quedó relegado el sexo femenino. La defensa que de la mujer hicieron hombres como Ibn Rusd (Averroes) o Juan Rodríguez del Padrón, no son sino una excepción.
           
            En definitiva se puede afirmar que la sociedad en su conjunto, aceptaba como hecho incontestable la inferioridad, la impureza y la fragilidad del sexo femenino. Esta particular visión de la mujer sería, entre otras causas, el motivo de su discriminación en asuntos como el valor testifical o los derechos económicos.

            A la hora de fijar un modelo de mujer también aparecen las coincidencias entre ambas sociedades. Así, virtudes como la obediencia, la humildad, la religiosidad, o la castidad son elementos indispensables que han de rodear a la mujer “modélica”. Quizás sea con respecto a la virginidad en donde existan algunas diferencias entre el ideario cristiano y el musulmán.

            En el cristianismo la virginidad alcanza el estatus de elemento indispensable de la mujer perfecta –sobre todo a partir del ascenso del culto mariano-. En el islam, no sólo no se valora que la mujer decida mantenerse virgen durante toda su vida, sino que, por el contrario, se preconiza la actividad sexual, como un hecho que es agradable a los ojos de Allah. Otra posible diferencia lo marcaría la importancia del atractivo físico, bastante citado en los textos andalusíes y no tanto en los cristianos.

            En relación a la actividad sexual de la mujer, la iglesia católica la condenaba tajantemente, es más una de los motivos que esgrimía para defender la inferioridad femenina era que la mujer podía sufrir los ataques de “la madre” al subirse el útero provocaba el histerismo; este ataque de “la madre” era consecuencia de que la mujer había acumulado esperma por falta de coito. Augus Mackay[12] realiza una especie de ecuación: útero=la madre=histerismo=ganas de procrear=ganas de fornicar=inestabilidad=irracionalidad=peligro. El propio Mackay cita unas palabras, ya en el siglo XVI, de Blas Álvarez de Mendizábal: «el útero de hembra apetece grandemente la simiente, y es grande el deseo que de tal simiente tiene, y mientras la atrae a si y la embebe al tiempo mismo conceto es maravilloso el deleyte que recibe.»[13]

            Hasta ahora he expuesto tanto la imagen que el medievo tenía sobre la mujer, como el modelo de mujer perfecto que se crea. Ante esto último cabría preguntarse si alguna mujer logró alcanzar este estado de perfección.

Los espacios

            Existe el mismo interés en las dos sociedades en acotar el espacio de la mujer. El lugar de estancia por antonomasia será el hogar. Su reclusión en el entorno familiar, en donde era más fácil ejercer el dominio por parte del varón, ya sea del padre o el esposo. Se intentará que la participación femenina en la vida púbica sea mínima. La mujer pertenece al ámbito privado, casi nunca al ámbito público. Esta reclusión de la mujer en el hogar es, prácticamente idéntica en las mujeres andalusíes y en las hispanocristianas.[14]No hay por tanto, como se ha querido hacer ver en numerosas ocasiones, una mayor reclusión de la mujer en al-Andalus.
            También son coincidentes los espacios exteriores a los que se permite acudir a la mujer: la orilla del río para lavar, los centros religiosos, los baños, las fuentes, el horno, y poco más. Esta reclusión en el hogar es mayor conforme aumenta la categoría social. Serán las mujeres pertenecientes a las clases altas y a la nobleza las más severamente guardadas. Básicamente el motivo de este especial enclaustramiento será el mantenimiento del honor familiar. Esta preocupación por el “honor” se ve acentuada conforme el status, sea político o económico, es mayor. Muy a colación viene la reflexión de Pierre Guichard: «La protección del honor de las mujeres legítimas, que se confunde con el del linaje, exige un enclaustramiento tanto más rígido cuanto más honorable sea tal linaje, y las mujeres con las cuales se contrae matrimonio no son, salvo casos contados, aquellas a las que se ama.»[15]

            Para no dar pie a posibles pérdidas de la honradez es por lo que se aconseja, yanto a las mujeres musulmanas como a las cristianas, que nunca salgan solas de sus casas, sino que lo hagan acompañadas de algún familiar, a ser posible femenino, de alguna criada o de mujeres de avanzada edad.

            Las salidas para acudir a cumplimentar algún deber religioso o visitar a familiares, son una de las pocas excusas que tenían las mujeres para liberarse, momentáneamente, de su cotidiano encierro. A pesar de los impedimentos que sufría, no debemos hacernos la idea que las mujeres hispanomedievales  no abandonaban nunca sus hogares. Un ejemplo de poco seguimiento que las mujeres hacían de la orden de “internamiento”, en este caso de mujeres andalusíes, es la censura que hace Ibn al. Munasif de que las mujeres salieran en tropel y corrieran de aquí para allá[16]. Otro tanto podríamos decir de las mujeres cristianas.

            Como he mencionado anteriormente, había algunos espacios a los que solían acudir habitualmente las mujeres. Uno de ellos serían las riberas de los ríos, a donde acudía a lavar las ropas, llegando incluso a acotarse los lugares destinados a tal fin, con el propósito de no contaminar las aguas que utilizaban para el consumo.

            Otro lugar frecuentado son los baños, sobre todo pos las andalusíes. Tanto en la legislación cristiana como en la musulmana se establecen unos días concretos de la semana para su uso por mujeres y hombres. Hay que dejar constancia que, en la Hispania cristiana, poco a poco fue cayendo en desuso la utilización de los baños públicos, sobre todo a partir de las intransigentes normas impuestas por Isabel la católica y el cardenal Cisneros.

Mujeres musulmanas en un hamman

                       En el mercado era frecuente ver a mujeres. Este espacio, en el que no se puede establecer una segregación sexual, debió ser utilizado tanto para actividades comerciales, como para tener encuentros con hombres. Es cierto que la presencia de la mujer andalusí en el mercado no era tan frecuente, ni constante, como la de la mujer cristiana. En los reinos cristianos el mercado fue, progresivamente, tornándose en ámbito femenino. No obstante la presencia de la mujer andalusí en los mercados está constatada, y no sólo como compradora de los artículos necesarios para la vida doméstica, sino como vendedora de productos elaborados por ellas mismas, sobre todo en los ubicados en las cercanías de las puertas de acceso a la madina. Un ejemplo de lo anterior era la Puerta de los perfumistas, que era conocida como lugar de reunión de mujeres.[17]

Zoco medieval andalusí

            Un ámbito al que solían acudir las mujeres, eran los cementerios. En esta caso si hay algunas peculiaridades en la sociedad andalusí. Parecer ser que la mujer de al-Andalus utilizaba el cementerio para algo más que llorar por la pérdida de sus seres queridos. Autores como Ibn Abdun o Ibn al-Munasif censuraban que las mujeres erigieran tiendas –costumbre que inició Aixa, esposa de Muhammad, que instaló una tienda junto a la tumba de su hermano Abd al-Rahmman para ocultar su llanto a los ojos de las gentes-, en donde recibirían a sus supuestos amantes. Ibn Abdun insta a que los agentes de policía registren los cercados que rodean algunas tumbas, ya que a veces se convierten en lupanares.[18] Cómo se habrá observado las mujeres utilizaban variados ardides para eludirá las normas que les trataban de imponer.

            También ciertos elementos arquitectónicos sirvieron de vía de comunicación con el mundo exterior, es el caso de la ventana; de esta forma escapan, momentáneamente, de su triste encierro entre las paredes del hogar. Cristina Segura la menciona como un medio de relacionarse con el mundo que había extramuros de la casa: « Para todas ellas la ventana era un medio de comunicación con el exterior. Se consideraba que si una mujer honesta buscaba la ventana siempre era con malas intenciones, para entablar relaciones ilícitas.»[19]. También utilizaban las azoteas, así lo manifiesta una narración de al-Saqati, que nos refiere los lamentos de un pintor granadino por no ser almuédano: « Ojalá mi vida fuera la de los almuédanos, pues miran a quienes están en las azoteas. Y hacen señas o les hacen señas, por causa del amor, todas las amantes coquetas.»[20]

            Como creo haber demostrado, las mujeres abandonaban el hogar familiar con más frecuencia de lo que se piensa. Pero estas salidas solían verse condicionadas por prescripciones. Ya he mencionado que se solía amonestar que salieran solas. Otra prescripción se dirigía a establecer como debería ir vestida la mujer al salir a espacios públicos.

            Los moralistas cristianos y musulmanes coinciden en que debía salir cubierta, haciendo invisibles todas aquellas partes de su cuerpo que pudieran exacerbar la lujuria de los hombres. Incluso se recomienda que deben cubrirse el rostro, y esto último no sólo en el mundo andalusí.

            Debido a la controversia que existe en la actualidad sobre el uso del hiyab (velo) por las mujeres musulmanas, es necesario hacer algunas precisiones. La costumbre de que las mujeres vayan veladas es, en el mundo árabe, un uso preislámico, era lo habitual en las tribus nómadas. Su fin era proteger a las mujeres del deseo que pueden provocar en el hombre y que pudiera llevar a éstos a agredirlas sexualmente. Habría que añadir que esta norma aparece en civilizaciones anteriores: al antiguo Egipto, Grecia y en la cultura judeo-cristiana. En el Corán se ordena su uso como signo de distinción de pertenecer a la nueva fe, y no en el sentido represivo respecto a la mujer.[21]

            En cualquier caso el uso del hiyab en al-Andalus parece que se reducía, casi exclusivamente, a las mujeres que pertenecían a una clase social elevada[22] y/o relacionadas con hombres de religión. Es más, en época de los almorávides lo más usual es que todas las mujeres, incluso las pertenecientes a las altas esferas sociales y de la nobleza, fueran desveladas, ya que eran los hombres los que se cubrían el rostro.

            Como conclusión podría establecerse que, a pesar de todas las recomendaciones al respecto, el uso del velo no fue habitual en la mujer andalusí.

Mujer con hiyab






[1] Cristianas y musulmanas en el medievo hispano, en J.L. Garrot y J. Martos (ed.) Cristianos y Musulmanes en el medievo hispano, Madrid, 2006
[2] La mujer musulmana y cristiana hace mil años, Madrid, 1973
[3] Eclesiastés 7, 26-28
[4] Eclesiástico 42, 12-14
[5] A este respecto véase la Política de Aristóteles.
[6] Manuel Fraijó Nieto, La mujer en el Nuevo Testamento, p. 161
[7] Corán, 33-35, traducción de Juan Vernet.
[8] Corán, 20. 118-119
[9] M. Fraijó, ob.cit., p. 169
[10] Carta a los corintios, 14-34-35
[11] I Carta a Timoteo, 2. 11-15
[12] Apuntes para el estudio de la mujer, en Actas de las segundas jornadas de investigación interdisciplinaria.
[13] Augus Mackay, ob.cit., p. 19
[14] Véase, Cristina Segura, Las mujeres en la España medieval, en Historia de las mujeres en España, p. 137
[15] Pierre Guichard: Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, p. 165
[16] Mª Jesús Viguera. La censura de costumbres en el Tanbih de al-Hukkan de Ibn al-Munasif, en II Jornadas de la cultura árabe e islámica, p. 598.
[17] Manuela Marín. Mujeres en al-Andalus, p. 235
[18] Ibn Abdun, Sevilla a comienzos del siglo XII. El Tratado de Ibn Abdun, trad. E. Levi Provençal y E. García Gómez, pp. 96-97
[19] Cristiana Segura, ob.cit., p. 193
[20] Pedro Chalmeta. El Kitab fi Adab al Hisba (Libro del buen gobierno del zoco), en al-Andalus, vol. XXXIII, p. 374
[21] Corán, 33-59
[22] Manuela Marín, ob.cit., p. 189

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